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En pleno anuncio de paro armado del ELN, incautan en Jamundí prendas de uso militar

Los morrales que contenían elementos de intendencia, se encontraban ocultos al interior de un camión que transportaba materiales de construcción.

Durante los operativos llevados a cabo en vías del Valle, las autoridades lograron la incautación de 130 morrales de campaña, ocultos al interior de un camión que se movilizaba por zona rural de Jamundí.

Los morrales que contenían elementos de intendencia fueron hallados en 15 costales, camuflados en material de construcción.

Asimismo, en medio de los operativos se logró la captura de dos hombres de 38 y 54 años de edad, quienes fueron puesto dispuesto a disposición de las autoridades, así como lo morrales de campaña.

Según las primeras indagaciones, los elementos de intendencia pretendían ser transportados y entregados a un Grupo Armado Organizado Residual, GAOR, el cual tendría injerencia en zona rural del departamento del Cauca.

A los hombres se les imputará cargos por el delito de utilización ilegal de uniformes e insignias.

Fuente: 90minutos

 

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Cultura ciudadana: ¿el talón de Aquiles de la reactivación?

El comportamiento de la gente, el autocuidado y saber que el COVID-19 sigue en el ambiente son claves para alejar una nueva cuarentena. ¿Qué tan preparados estamos para la nueva realidad? Según el Distrito, el 88 % de las personas saben que la pandemia no ha terminado.

Con la reactivación económica en Bogotá, el llamado para atender las medidas de bioseguridad se ha hecho vital, pues es el factor clave para que los planes de apertura avancen y se aleje el fantasma de un nuevo aislamiento cuando llegue el segundo pico de la pandemia. No obstante, esto no solo se trata del autocuidado, de lavarse las manos, mantener el distanciamiento y usar tapabocas, que es lo que se lleva escuchando desde marzo pasado. Es un asunto de cultura ciudadana.

Como lo ha dicho la alcaldesa de Bogotá, Claudia López, un rebrote de COVID-19 será inevitable, pero lo que sí se podría evitar es que sea más grande que el primer pico, que es justo lo que hoy sucede en Europa, en donde el virus reapareció con más fuerza. Para lograrlo y evitar un fin de año en aislamiento es clave que en esta nueva etapa se adelante un trabajo mancomunado, como lo explica el psicólogo Leonardo Castellanos.

“La situación no es un asunto individual. Esto es un asunto social, porque incluso el comportamiento individual está determinado por el comportamiento de los demás. Por eso hay que hacer grandes cambios en la cultura ciudadana”, explica Castellanos, quien agrega que la cultura de cada sociedad está marcada por su historia ,y de eso depende el comportamiento durante la crisis.

“Por ejemplo, en la cultura colombiana es común encontrar personas que se comportan de una manera ante la mirada de la autoridad y de otra cuando no está esta. Y no se pude tener una figura de autoridad para cada ciudadano”, dice Castellanos y asegura que uno de los riesgos con el cumplimiento de los protocolos es ese, que las personas lo hagan más por miedo a ser sancionados, que por tener conciencia sobre la pandemia.

Y es que, en este contexto de crisis sanitaria, hay que adoptar nuevos comportamientos, que no es una tarea fácil. “Hay que lograr grandes cambios en la cultura ciudadana, y eso no se logra en dos meses ni con discursos. No es hablando ni tampoco pegando carteles en las paredes. Se trata de un asunto estructural. De educación”, concluye.

En la pandemia, ¿hay cultura ciudadana?

Henry Murrain, director de Cultura Ciudadana de la Secretaría de Cultura, es quien está al frente de promover la importancia del autocuidado en la ciudadanía, y especialmente ahora durante la reactivación. “La reapertura de los sectores no quiere decir que el virus ya no está, que la pandemia se acabó. Ese era uno de nuestros miedos, que la reactivación diera la sensación de que la crisis sanitaria ya hubiese pasado”, admite Murrain.

Pero, según asegura el funcionario, los resultados de las encuestas y conteos que realizan periódicamente en las calles han arrojado que hay un gran nivel de conciencia durante la reactivación. “La ciudad ha sido muy receptiva. El 88 % de las personas que hemos encuestado saben que el COVID-19 sigue y que por ello no podemos relajarnos. Y no es la única cifra positiva, el 98 % de la ciudadanía utiliza tapabocas, lo que nos convierte en la ciudad de Colombia con más disciplina en esta medida. De cada 100 personas que hay en la calle, 98 utilizan la máscara”, resalta y agrega que uno de los retos es que el tapabocas lo usen de manera correcta, pues el 10 % no lo hacen.

No obstante, Murrain admite que el desafío es mayor. “Creo que tal vez nunca habíamos tenido un reto tan grande, porque el problema de cultura ciudadana involucra al 100 % de los bogotanos. En este contexto necesitamos que toda la ciudadanía coopere, de lo contrario esto podría ser muy crítico. El futuro de nuestra ciudad va a depender, radicalmente, de la disciplina cívica, porque es que eso va a proteger vidas y va a proteger la reactivación económica que la ciudad necesita”.

Pese a lo que implica dicha cultura en el avance de la ciudad, para Murrain no es una piedra en el camino, sino lo contrario. “La piedra angular de la reactivación se llama compromiso cívico, que es la cultura ciudadana. Sí, hay que mejorar muchas cosas, pero es necesario aclarar que la gente ha venido ayudando, ha copiado y ha entendido. Lo que hemos venido haciendo no es desarrollar campañas porque sí, sino tener contacto con la gente”.

Claro está que dicha responsabilidad también aplica para los sectores que se han reactivado. No se trata de cumplir con las medidas, porque así lo exigen, sino que hay que cumplirlas porque se trata de vidas en riesgo, y así lo asegura Luis Jorge Hernández, experto en salud pública de la Universidad de los Andes. “Los protocolos no pueden ser una formalidad. Cada sector debe tener protocolos generales, medidas de bioseguridad, manejo de capital humano y debe estar centrado en las medidas de higiene respiratoria, el lavado de manos y la distancia física. Si hacemos bien las cosas, esto va a funcionar”, asegura Hernández.

Y el experto concuerda con Leonardo Castellanos: la educación es clave para adquirir cultura ciudadana. “Hay que lograr una adherencia ciudadana a los protocolos, con educación e información”, concluye. Hasta el momento la ciudad ha tenido un respiro, pues pese a que las alertas siguen encendidas, se ha visto una notable disminución en contagios, pero vendrá una segunda ola y la gravedad de esta dependerá de la responsabilidad colectiva.

El llamado del Distrito no es solo a mantener la guardia alta, sino a ser cuidadosos y ser más conscientes ahora que la capital ha vuelto a funcionar. De no aplicar la cultura ciudadana en cada uno de los aspectos de la nueva realidad, esto terminará siendo el talón de Aquiles de la reactivación.

Fuente: El Espectador

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Bogotá no es la misma: un retrato de los estragos de la pandemia

SEMANA recorrió las calles de la ciudad y evidenció el profundo impacto de la crisis en el comercio en general, principalmente en el sector de la gastronomía y bares. La reapertura es gradual y de por medio están las esperanzas de que los ciudadanos retomen sus hábitos de consumo.

Tras un largo confinamiento, la capital del país abrió sus puertas entre la incertidumbre y el miedo. Aunque la imagen no es del todo desoladora, cientos de historias nutren lo que será el saldo de la crisis. La perspectiva de reapertura no parece ser suficiente para miles de personas que pausaron sus sueños y que hoy se enfrentan a la difícil realidad de tener que dejarlos ir.

Bogotá no es la misma. Recorrer las calles de la ciudad es descubrir la profundidad del impacto por cuenta de la pandemia del coronavirus. La reinvención resultó ser un concepto que no se traducía bien en la práctica. No solo requería una inversión en momentos donde no había mucha liquidez, sino también presentaba un reto enorme en materia de rentabilidad. Al final, lugares donde por décadas los bogotanos construyeron sus mejores memorias cerraron sus puertas.La tela de construcción que cubre las ventanas de una gran casa blanca situada a pocos metros de la plaza de Usaquén delata la dura realidad que se vive a puertas cerradas. Aunque el nombre de Grecia sigue pintado en la fachada, este uno de los cinco restaurantes que Andrei Farkas cerró en la zona y la única sucursal que tiene probabilidades de sobrevivir. Encima de las mesas está la totalidad del inventario. Platos de cerámica que en algún momento portaron el pescado más fresco, copas de cristal con las que se hicieron cientos de brindis y menús que fueron testigos de la indecisión de los clientes que al final terminaron eligiendo lo mismo de siempre, hoy están a la espera de lo que pueda pasar.

“Lo perdí todo”, confiesa Farkas. La noticia de la llegada del coronavirus al país lo tomó en medio de un plan de expansión. Se preparaba para una “nueva era”, como se lee en los menús que imprimió a comienzos de este año, pero jamás se imaginó que tales planes se verían frustrados en tan poco tiempo. Su más reciente concepto, ‘La casa de Andrei’, no llevaba ni seis meses abierto al público cuando llegó la pandemia y aún no recuperaba la inversión. Tan pronto Farkas notó que el confinamiento no sería corto, entró en liquidación, sabía que su empresa no resistiría.

Treinta y cuatro años en el negocio de los restaurantes no habían preparado a Farkas para una situación tan crítica. La reinvención no era una posibilidad factible y despedirse no solo de sus clientes, sino también de sus empleados, resultó ser uno de los mayores retos. Algunos miembros del personal que llevaban años a su lado hoy viven momentos difíciles y Farkas reconoce que el apoyo que les puede brindar es limitado.

Algunos han tenido que pasar hambre, sacar a sus hijos del colegio y la impotencia es enorme al saber que la ayuda que les podemos dar es poca”, relata.

La misma situación se repite en diferentes escenarios. Treinta cuadras al sur, en Chapinero, Armando Vargas cierra las puertas de una de las sucursales de Full 80s. El lugar que por 14 años fue testigo de rumbas y conciertos se apagó definitivamente tras una negociación fallida con los arrendatarios. Hoy la decoración colorida, las pantallas donde se veían los videos musicales y las mesas desde donde se cantaron miles de letras, están guardadas en una bodega.

Esto solo profundizó la crisis de los propietarios. No solo se despedían de una parte de su sueño, sino que además perdían su centro de acopio. La sede de la 95 funcionaba como una única cocina para las demás sucursales. Su cierre necesariamente anticipó la remodelación de los dos locales que continuaron activos. Esto sumado a la inversión en protocolos de bioseguridad, obligó a los propietarios a sacar dinero de donde no tenían. “Tuvimos que pedirle prestado a nuestras familias, sacar nuevos créditos con los bancos”, cuenta Vargas.

De los 75 empleados directos e indirectos que tenía Full 80s, solo quedan cinco.Durante los primeros tres meses de cuarententa mantuvieron el equipo, pero a comienzos de junio llegaron a un punto de quiebre. “No estábamos encontrando los recursos para mantener a la gente. Creímos que una indemnización les servía más que lo que les podíamos dar en ese momento”, dice Vargas.

El negocio que en enero tenía dos líneas de acción: conciertos y vida nocturna, hoy no tiene ninguna totalmente activa. “No todo el mundo tiene la oportunidad de reinventarse. La reinvención cuesta, cuando no tienes nada y empiezas algo nuevo muy pocas veces lo puedes hacer sin recursos”, asegura Vargas.

Con el 30 por ciento de la población del país era inevitable que Bogotá recibiera el golpe más fuerte de la pandemia. Fenalco calcula que al menos un 28 por ciento de establecimientos comerciales cerraron definitivamente y el DANE reporta una tasa de desempleo del 26,1 por ciento que está por encima del promedio nacional que es del 20,2 por ciento.

La reapertura ha demostrado ser un proceso lento de reactivación de la economía en el que se encuentran dos caras de una misma situación compleja: un consumidor con menor capacidad adquisitiva y un comerciante con mayor necesidad de garantizar la rentabilidad de su negocio.

Para muchos, reinventarse significó sobrevivir a punta de domicilios. Restaurantes en todos los puntos de la ciudad reorganizaron sus equipos, negociaron con los arrendatarios y buscaron la manera de llevar su experiencia a la casa de sus clientes. Aunque esta opción no era una fórmula aplicable a todos, lugares como El Aquelarre encontraron en ella una posibilidad de supervivencia.

“Nosotros mismos fuimos por toda la ciudad llevando los domicilios”, cuenta Laura Rubiano, quien hace seis años montó con su esposo Gregorio el restaurante en pleno centro de la ciudad. Confiesa que los ingresos se redujeron casi en un 90 por ciento y que hubo momentos en los que pensó que tendría que despedirse de su negocio. “En un mes de cuarentena recibimos lo mismo que en un fin de semana normal”, explica.

Después de tener una nómina de 25 personas, hoy El Aquelarre funciona con menos de la mitad de los empleados. Reabrió sus puertas hace dos semanas para un aforo de 50 personas.

“Esto no es rentable para nadie”, explicó sobre las medidas de reapertura un vocero del grupo Zona K, que cerró las puertas de varios de sus restaurantes en la ciudad.

Cuando la pandemia llegó, el grupo tenía organizada la línea de domicilios en diferentes sucursales. Los protocolos estrictos que seguían desde antes facilitaron de alguna manera el tránsito a esa línea de producción. Sin embargo, las ventas solo alcanzaron un 20 por ciento de lo que producían normalmente. El esfuerzo por mantener a la planta fue inmenso, pero dificultades en las negociaciones con diferentes arrendatarios obligaron al cierre de diversos puntos e inevitablemente eso se tradujo en despidos.

Teresita Casacadio lleva 27 años trabajando en los restaurantes de Zona K. Conoce un sin fin de recetas y reconoce a los clientes frecuentes. “Le pedía todos los días a Dios que no cerraran, yo veía que tenían que cerrar algunos de los puntos en los que yo había trabajado y sufría”, cuenta.

En la cocina donde trabaja Teresita ahora se preparan dos cartas. Tras el cierre del local donde operaba Madam Tusan, el grupo decidió mantener el menú en otra de sus sucursales e instaló una cocina paralela en 7-16. Ahora, cuando se escanea el código QR en una de sus mesas, los clientes tienen la opción de elegir entre las dos cartas en un mismo lugar.

El primer semestre de pandemia deja todavía un panorama incierto. El miedo al contagio todavía es un factor determinante, pero cada vez sale más gente a la calle. Poco a poco la ciudad recupera la vitalidad que la caracteriza y paulatinamente comienza a entender su realidad. Sin embargo, esa nueva normalidad no necesariamente es rentable para todos. Un aforo reducido, una inversión en protocolos y una digitalización de procesos son parte de la receta de esta nueva era. Desafortunadamente no todos tienen los ingredientes.

Vea en Semana en Vivo, la realidad del sector gastronómico:

La carga de las consecuencias de la crisis aún pesa, pero hay un aire de nuevas oportunidades. En algunos casos, como el de Andrei Farkas, esto significa volver a empezar. Hoy trabaja con Fabio Díaz, un inversionista que le dio la mano y con quien construye un nuevo concepto en la misma casa de Usaquén donde aún se lee el nombre de Grecia. “Lo único que me quedó fue mi know how”, explica Farkas, “y es lo que vamos a usar para dar el primer paso”.

El plan a corto plazo es abrir un primer restaurante en el mismo sitio donde por años Andrei se encontró con sus clientes. Confían en que eventualmente volverán a las mesas a pedir sus platos favoritos y encontrarán que nada ha cambiado. “Claro que es riesgoso invertir en algo así en estos momentos”, dice Diaz, “pero creo que en cuestión de un año o año y medio volveremos a ver lo que siempre veíamos, por ahora tenemos que adaptarnos”.

Armando Vargas también está próximo a reabrir las puertas de Full 80s, las sucursales de la 118 y la 85 están en obra con mira a recibir clientes el próximo mes. Ha mantenido la comunicación con su público a través de fiestas virtuales los fines de semana.

“Hemos logrado un contacto más íntimo con la gente”, asegura. Espera que a mediados de octubre se pueda reencontrar con ellos y a la vez revincular algunos de los empleados que dejó ir en junio. “No es fácil ver que mucho de lo que uno construyó ya no está, pero nos hemos asesorado, estamos siendo responsables y queremos que la gente se sienta segura al volver”.

Solo el tiempo mostrará el verdadero saldo de esta pandemia. Por ahora, la reapertura ha demostrado que los bogotanos regresan a sus lugares de siempre. El día que reabrieron sus puertas, todos los restaurantes de Zona K tenían reservaciones. Farkas y Vargas esperan contar con la misma suerte cuando llegue su momento. “El mundo no se va a acabar, ni los restaurantes tampoco”, dice Farkas.

Fuente: Revista Semana

 


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Claudia López, alcaldesa de Bogotá: “Yo no llegué hasta aquí por ser la mujer que se queda calladita para verse bonita”

Colombia está viviendo un experimento político. A pesar de que la diferencia ideológica entre el presidente y el acalde de Bogotá ha sido frecuente, el país nunca vio un enfrentamiento tan fuerte entre estos dos gobernantes como el actual. Esa novedad tiene nombre y apellido: se llama Claudia López, la primera mujer en ser elegida en uno de los dos cargos más importantes de Colombia.

En nueve meses en el cargo, López enfrentó una pandemia y la jornada de violencia policial en protestas más letal de la historia, ocurrida el 9 y 10 de septiembre, tras el homicidio de Javier Ordóñez en custodia policial.

  • Policía en Colombia: ¿por qué la muerte de Javier Ordóñez desató una violencia inédita en Bogotá?

En ambos casos, y en muchos más, su principal contradictor fue el presidente, Iván Duque. O viceversa: ella la crítica del mandatario. En una ciudad donde los alcaldes no suelen contar con favorabilidad, López mantiene un 70% de aprobación, según varias encuestas.

  • La silla vacía en Colombia: qué significa el símbolo (y qué dice sobre la puja entre el presidente Iván Duque y la alcaldesa Claudia López)

Una aceptación que no parece corresponder a lo que se habla de ella en círculos políticos, donde la critican desde la izquierda y la derecha —tanto Gustavo Petro como Álvaro Uribe— por incoherente, populista o politiquera, entre otras cosas.

López, de 50 años, fue parte del movimiento estudiantil que promovió la Constitución de 1991, hizo un doctorado en ciencia política y, en un paso de 10 años por el periodismo, destapó el escándalo de la “parapolítica, que revelaba los nexos entre congresistas y paramilitares.

En 2014 llegó al Senado como parte de la Alianza Verde, un partido de centro.

  • Claudia López: ecologista, lesbiana y símbolo de la lucha contra la corrupción… quién es la primera mujer elegida alcaldesa de Bogotá Pero ninguno de sus oficios sacudió tanto a la política colombiana como su actual puesto al frente del Palacio Liévano, la sede de la alcaldía donde López recibió a BBC Mundo para hablar de los abusos policiales, las protestas, su choque con Duque y su visión de un país que no logra cerrar su propia guerra.

(Esta entrevista ha sido editada por razones de longitud y comprensión).

En las protestas del 9 y 10 de septiembre hubo 13 muertos y en el Paro Nacional el año pasado, que duró dos meses, hubo 4. Esa diferencia de letalidad se explica porque en esos dos días la protesta fue controlada por la policía de vigilancia y no la de antidisturbios. Usted estaba al mando. ¿Por qué no operó la policía antidisturbios?

Lo que ocurrió el 9 y 10 de septiembre en Bogotá se da en un contexto de protestas que comenzó el año pasado. Se pronunciaron voces que habían estado opacadas y reprimidas por el conflicto armado. Javier Ordoñez, que fue asesinado (el 8 de septiembre) a manos de unos policías, es un caso más de abuso policial y de la sistemática impunidad sobre el abuso. Fue la gota que rebosó la copa. Entonces se unió esa voz de los jóvenes del año pasado, la impunidad del abuso de la policía y un contexto de crisis económica fruto de la pandemia. Y como en otros lugares del mundo se dio un estallido social que tomó a los CAI (Comandos de Atención Inmediata) como el símbolo de esa represión policial. Hubo agresividad de ambos bandos: de la sociedad que se movilizó muy violentamente, con mucho vandalismo, y de la policía, que disparó a mansalva e indiscriminadamente con armas de fuego.

Pero entonces, ¿por qué no operó el Esmad (Escuadrón Móvil Antidisturbios)?

Sí operó. Pero es que ese día uno de los precios que pagó Bogotá es tener poca cantidad y calidad de policía. La noche del 9 de septiembre, en medio de semejantes disturbios, Bogotá tenía 750 policías en turno de vigilancia y 300 policías del Esmad. Para una ciudad de 8 millones de habitantes.

¿Es decir que el Esmad no tenía con qué?

No tenía con qué.

  • Dilan Cruz: qué es el Esmad, el polémico cuerpo antidisturbios señalado por la muerte del joven manifestante en Colombia

Entonces, su control, por mucho que fuera formal, no era real.

No era real. Con 1.100 policías disponibles en toda la ciudad no era posible controlar 169 sitios.

Nosotros en el PMU (Puestos de Mando Unificado) estábamos: todos los coroneles, del más alto nivel, y las varias personas de la alcaldía. Y veíamos en las cámaras que no podíamos proteger todos los CAI. Era virtualmente imposible. Nos concentramos en proteger a la ciudadanía que volvía a su casa del trabajo y a las estaciones que tienen detenidos y armamento. Pero éramos conscientes de que era imposible proteger cada uno de los CAI.

Era una situación incontrolable.

En ese momento sí, era imposible controlar 169 puntos distintos de disturbios al tiempo con 1.100 policías a cargo.

Hablé con policías. Y se sienten abrumados por las responsabilidades odiosas que se les dio en la pandemia. ¿Por qué la policía tuvo que hacer cosas para las que no está preparada?

La policía nos ayudó a hacer cercos epidemiológicos, difusión de las medidas y puso multas, pero ese rol, que es odioso, fue mínimo. Y no tuvo que nada ver con lo del 9 de septiembre.

¿Cuántos casos como el de Javier Ordóñez hay en Colombia que no sepamos?

Casos dramáticos de asesinato a mansalva como el de Javier Ordoñez hay cientos a lo largo y ancho de Colombia, pero impunes.

Y lo más grave y triste de todo es que en un caso como el de Javier Ordóñez veamos que el gobierno nacional ni siquiera reconozca la gravedad de los hechos. Yo fui a donde el presidente, le presenté las pruebas y le pedí que reconociera la gravedad de los hechos, porque es el comandante en jefe de la policía. Hay que ofrecer perdón. Y acá estamos sentados esperándolo. Ni siquiera cuando se lo ordenó la Corte Suprema. Esto no requería de una orden judicial, esto requería de un mínimo sentido de humanidad, de criterio y de constitucionalidad. Mínimo.

¿Y el presidente no tiene ese sentido?

No lo tiene. No lo tuvo. Claramente para este tema no lo tuvo.

Los choques entre alcalde de Bogotá y presidente son inéditos en Colombia, pese a que la diferencia ideológica ha sido frecuente. ¿Qué busca con ese choque? Algunos creen que solo dice lo que la gente quiere oír para buscar réditos políticos.

Daniel, yo no llegué hasta aquí por ser la mujer que se queda calladita para verse bonita. Eso es machismo puro y duro. ‘Cállense, lo que importa son las formas, mantengamos la hipocresía para que todo se vea bien’.

Yo soy la hija de una maestra. Yo llegué hasta aquí por tener voz. Por no callarme nunca nada. Por denunciar los hechos más graves. A costa de poner en riesgo mi vida. Para que la democracia de este país mejore.

¿Y ahora que soy alcaldesa me van a pedir que me calle? ¿Ahora que represento no solo mi voz sino la de 8 millones de personas, la solución es que me calle, que deje que a los jóvenes los maten y no diga nada, que deje que haya abuso policial y no diga nada?

Quieren que nos mantengamos en la típica hipocresía del poder colombiano, que consiste en que el presidente concentra todo el poder, en un país brutalmente centralista, de un centralismo autoritario brutal.

Ese centralismo siempre se ha relacionado con los mandatarios locales a punta de pleitesía y clientelismo. Ese es el sistema político colombiano. Y yo llegué aquí para romper ese sistema político, derrotando ese sistema político. De manera que de mí no esperen ni el silencio ni la adulación ni el clientelismo.

Muchos sienten que con Duque volvió el conflicto y que, con eso, hay un resurgimiento del paramilitarismo, su objeto de estudio y denuncia. ¿Estamos ante un escenario similar a los años 90 y 2000s?

Estamos ante un resurgimiento de organizaciones armadas ilegales que copan y controlan territorios en Colombia.

O sea, que tienen prácticas paramilitares.

Sí, pero también hay del narcotráfico y de la guerrilla. Y eso era desafortunadamente previsible si el Estado no cumplía el proceso de paz.

Porque el gran desafío de Colombia no es solo desmovilizar a los grupos paramilitares o de la guerrilla: eso es solo una condición, necesaria pero insuficiente para la paz. La razón por la que surgen estos grupos es porque no hay ciudadanía, Estado y mercado en la mitad del territorio colombiano.

Estos actores hacen de poder de facto: regulan si se puede hablar o no, si hay mercado o no, si hay Estado o no. La receta es desmovilizar, pero también construir ciudadanía, Estado y mercado.

¿Y este gobierno no lo ha hecho?

No, y debo decir, en honor a la verdad, que tampoco lo hizo el que desmovilizó a las FARC (Juan Manuel Santos).

A la élite colombiana, sea más de derecha o más liberal, sea Santos o sea Uribe, le basta con quitarse de encima la amenaza armada, pero no está dispuesta a hacer las concesiones democráticas de construir ciudanía, Estado y mercado.

Y ese es el problema de fondo que implica un cambio democrático. Y ningún proceso de democratización se da sin un proceso de movilización social. No es que las élites en un país dicen ‘sí, la verdad ya hemos gobernado 200 años, hemos esquilmado a este pueblito, pobrecito, ahora sí vamos a hacer unas concesiones porque sí’.

No, eso no pasa, hay que hacer una movilización democrática organizada. Pero una movilización no violenta.

¿Entonces, si hay una movilización pacífica, se logra la paz?

Si logramos una movilización pacífica que se canalice electoralmente podemos construir las mayorías para un proceso de paz estable y duradero en Colombia.

Muchos la califican de populista. Por las políticas asistencialistas, pero también por el tono. ¿Le molesta que le digan populista?

No. Me han dicho cosas peores. (Es) de las más suavecitas que me han dicho. Bienvenido a ser mujer y tener liderazgo público. Les vas a molestar por existir. Les encantaría que estuviéramos mudas en la casa cocinando y criando hijos. Así, ese es su mundo ideal. No estorben, no hablen, no incomoden.

Pero entonces: ¿populista o no?

Al contrario. La Alianza Verde es un proyecto de centro-izquierda, moderno, que quiere construir ciudadanía, Estado, mercado, que le interesa que haya empresarios, que la gente viva de su talento y no del subsidio de un político. Y luchamos contra dos populismos: un populismo autoritario de izquierda, que es capaz de mandar a lo poco que hemos construido de democracia a las cenizas con tal de que la desgracia y el hastío de la gente lo lleve al poder, y un populismo autoritario de derecha, que cerraría todas las cortes de Colombia y prohibiría todas las marchas mañana.

Críticos de todas las tendencias coinciden en que es mentirosa o que, al menos, cambia mucho de parecer. ¿Qué hay de cierto en eso?

Yo no soy mentirosa. Si algo he hecho es defender con absoluta franqueza las posiciones que tengo. Pero también vengo de la academia. Entonces no soy terca porque sí. Creo en la evidencia. Y si la evidencia y los argumentos me sugieren una mejor posición, no tengo problema en considerarla.

Ese es el mérito de hacer política pública basada en evidencia. Si de eso se van a aprovechar para decir que soy mentirosa, perfecto. Prefiero eso a ser terca a negar la ciencia, a no escuchar los mejores argumentos.

Dice que es “más ciudadana que política”. ¿Siente que representa más a los colombianos que los políticos tradicionales?

Sin duda. Que yo esté aquí sentada es un milagro. Yo soy la hija de una maestra, soy mujer, soy lesbiana, me faltaba ser afro e indígena para tener las cinco barreras sociales de Colombia. Claramente la élite colombiana no tiene mi perfil ni representa a la mayoría de los ciudadanos.

¿Qué piensa cuando lee un titular de entrevista en el que un hombre la elogia porque “tiene pelotas”?

(Risas) Hasta las personas que en teoría me quieren y me aprecian tienen el machismo en el ADN. ¿Por qué no pueden decir ‘Claudia López tiene neuronas’? ¿No se te ocurrió esa descripción, príncipe? No es un problema de afecto, ni de ideología. Pero es que el machismo es milenario.

Fuente: BBC News

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